El asunto puntual es que mi abuela me dijo al levantarse esta mañana:
- Pistrila, no hay nada para echarle al pan. Anda ‘onde la “Vieja Matiné” y dile que te fíe un cuarto de mantequilla suelta, de esa que viene envuelta en papel de aluminio.
-¡Ña... voy! –mientras me restregaba los ojos por mi típico mal dormir.
- Pero así no ma’, apúrate que los chiquillos ya se van a levantar- sólo a mi abuela se le ocurre mandarme a comprar en pijama, según ella demoro mucho en emperifollarme en el waño, también sólo a mi abuela se le ocurre seguir llamando chiquillos a los hediondos y peludos de mis tíos, será… ideas de la gran bruja madre-.
- Ñaaa…, como si mi pijama fuera muy lindo, ña… voy.- mientras estiraba mis extremidades superiores y rascaba mi nariz en búsqueda del habitual vestigio de mucosidad mañanera.
La señora Fresia aleas la “Vieja Matiné”, apodo producto de la imaginación de mis tíos Manco y Ovistra, fue la primera persona en comprarse un televisor en el barrio. En esos años los televisores eran una novedad de elevado costo al que pocos podían acceder, al menos eso cuenta mi abuela, yo aún no nacía. Para sacarle partido a su ventajosa situación, ella instaló una pequeña sala para los curiosos en el otrora garaje de su fugado maridito, y cobrar por el programa más popular, así como en los cines. Con el pasar del tiempo la “Vieja Matiné", abrió un almacén con el dinero ganado en las funciones televisivas, donde pocos vecinos van a comprar porque "es una vieja arpía usurera", según los pobladores influidos por la opinión de mi abuela, bueno en realidad es harto pulpa la “Vieja Matiné”.
La sorpresa desagradable me la llevo cuando veo el almacén "La Matiné" colmado de gente desesperada haciendo fila para comprar mantequilla. No quise hacerme problema y fui al almacén "El Pata e' Palo", donde también nos fían, pero cuando llego me doy cuenta que el panorama es el mismo que en "La Matiné". La gente quería comprar sólo mantequilla, creo que si en esos momentos hubiera tenido una máquina fotográfica estaría disfrutando de algún premio, porque era de antología ver a don Sabino enjuagándose la gota gorda de su frente y acomodando su prótesis de palo para convencer a la honorable concurrencia con otros productos como el queso, mortadela lisa, paté, huevo, hasta jurel en conserva. Nada, la gente sólo necesitaba la humilde mantequilla de todos los días. Para no demorarme en la compra, llevé media docena de huevos, total lo que importa es llenarse la tripa, ahora la huarifaifa con que una se la llene es accesorio, y si no llegaba luego con algo para el desayuno sería sometida al real hueamen de mis tíos por más de dos semanas, eso era una sentencia fatídica que debía evitar a toda costa y a cualquier precio.
Como de costumbre el chisme llegó primero que yo, mi abuela me tiró del ala para la cocina y me dijo:
- ¡Pasa pa’ ca’ esos huevos niña! Y anda averiguar qué miéchica pasó con la mantequilla.
- ¡Ña... voy! –esta vez rasqué mi cabeza en señal de cobarde desaprobación, no me quedaba otra, porque de lo contrario me llegaría un soberano coscacho en la gulibera que me quedaría palpitando las mismas dos semanas mientras mis tíos me molestaban.
Partí a cumplir mi “encomiable” misión, por supuesto el único órgano de mi cuerpo que se atrevió a protestar fue mi pobre tripa seca.
Tal extraña conducta por parte de los pobladores necesitaba un más profundo análisis según las convicciones de mi abuela, aunque en lenguaje común esto se denomine cahuin. Y partí a paso lento, total daba lo mismo cuanto me demorara pues mi abuela siempre se las ingeniaba para saber el cahuin antes de llegar a casa, además era la excusa perfecta para bartolear todo el santo día sin las odiosas presiones familiares. Luego mi improvisado rol de reportera local me venía de pelos.
Tomé mi montain-camello (ese era el nombre que los cabros del barrio le habían dado al desastre de bicicleta mini-cic que montaba a diario para dirigirme a la pega, siempre se mofaban de mi bici, pero igual les ganaba las carreras). Y bien, me puse a pedalear sin rumbo fijo, no sabía por dónde empezar mis averiguaciones, a todo esto lo único que alcancé a hacer antes de salir fue medio lavarme la cara, sacarme las lagañas y ponerme las zapatillas en medio del cacareo de mi abuela para que saliera rápido.
Recorrí el barrio mirando los almacenes, y en todos, el panorama era el mismo: histeria colectiva por la repentina ausencia del acompañamiento proleta de más popularidad para la humirde marraqueta. Para no hacer trabajo de más, pensé en visitar a la señora Celinda quien tiene fama en el barrio de contar con los cahuines calientitos, simplemente porque ella es la única en el barrio que tiene el descaro de ir en persona a preguntar los acontecimientos dignos de comunicarse según ella. Y vaya que se le hacía fácil averiguar, porque con la excusa de ser la presidenta de la junta de vecinos N° 01 y su ya bien conocida parafernalia “mi deber es saber todo lo que ocurre en el barrio para ayudar a esta pobre gente para que no se envuelva en malos entendidos”, se paseaba por el barrio como ama, dueña y señora como si formara parte del vulgar “jet-set” poblacional. Lo de pobre gente nunca lo entendí con precisión, no sé si se refería a pobre de precaria condición económica o de pobres brutos e ignorantes, y para serles sincera creo que era un poco de ambas. La ña Celinda, como buena esposa de paco jubilado, hacía gala de esa autoridad para interrogar a mansalva a las pobres gentes que sin mediar previo cuestionamiento se le iban en soberana lengua con lujosos y morbosos detalles, dejándola lista para interpretar lo que su particular forma de pensar así lo requería, aunque esto en lenguaje común y silvestre signifique descriterio. La ña Celinda, todo un clásico entre las viejas clásicas de la pobla.
La casa de doña Celinda estaba tan llena como los almacenes, al parecer varios tuvieron la misma idea antes que yo, pero pude colarme entre las personas y llegar hasta la gran gurú del cahuin local. Ah, ¡qué desagradable espectáculo!, entre todo el gentío yacía ña Celinda tiesa como canilla de muerto entre sus pobres espectadores, algunos persignándose, otros cuchicheando a escondidas, otros lloriqueando a moco tendido y pidiendo por su santa alma. Tiesa de hipotermia, según el “Doctor Pollo”, aunque para la concurrencia esto significara estar cagada de frío, si tenía hasta los labios morados la iñora. Me acerqué a la gran gurú y con horror comprobé que en verdad estaba sumergida en un profundo sueño y efectivamente su canilla, junto a sus manos eran lo más tieso que tenía. Salí de entre el gentío y le dije piola al doc Pollo:
-Oye loco, esta viejuja descendió a los dominios de Hades hace ratito ya, vamos a tener que llamar a los pacos y una ambulancia.
-¿Cómo? ¿Qué a dónde fue? Si la señora está acá.
-Ah, leso, me refiero a que la iñora está muerta, caput… dejó de existir, ¿me cachay?
-No ¿cómo se te ocurre niña?, si sólo tiene hipotermia la señora Celindita. La llevaré a su pieza y la cubriré con frazadas.
-Ah, loco de atar, deja de hacerte el doc conmigo. Si te digo que la iñora está tiesa, es porque tiesa está. Esto no es hipotermia, que no te diste cuenta que la iñora no respira.
-¿En serio?-y me miraba con su cara de zopenco profesional, y bueno de zopilote también-
-En serio, así que partiste a llamar por teléfono a los funcionarios del orden público, a la posta, y a su marío’.
-¿Y dónde está el paco Gutiérrez?
-Dónde sino… en la botillería de “El Chitín”, tomándose los pencazos matutinos ¿qué no cachay que el paco Gutiérrez no funciona sin su combustible?, y te apuray’ porque se nos viene pesá la cosa.
-Chucha, ya voy –con su habitual vos tembleque, ahora llegando al espasmo- Y vo… vos deshazte de de estos hueones, que están pu puro hueveando acá. Cuando lleguen los pa pacos no les gustará encontrar a estos hue hueones, y mejor que estís tú y así les contay todo, todito lo que pasó.
-¿Y qué chucha querís que les cuente? ¿Me querís cargar la occisa a mí?, si yo no tengo nada que ver en este entuerto, si yo llegué recién no más para hacerle una pregunta, lo de la mantequilla.
-¿Ma man mantequilla? Y me tratai’ de loco a mí.
-¿Qué no cachay el medio kilombo que hay con la mantequilla? No hay mantequilla en ningún almacén del barrio y anda toda la gente vuelta loca por comprar solo mantequilla.
-A no sé na’ yo, con o sin mantequilla alguien tiene que declarar aquí.
-Cresta, ya será, total el que nada hace, nada teme y yo no le he tocado ni una miserable cana a esta iñora, aunque debo reconocer que con bastante gusto le hubiera puesto un bozal en vida.
-No hablís así de la señora Celindita, que en paz descanse, ella era una santa en vida siempre preocupada por todos nosotros –en eso se persigna y a mí me dio la leve impresión que lo hacía al revés, pero bueno de este loco se podía esperar cualquier cosa, hasta que se le olvidara en el camino de lo que le pedí y se quedara tomando con el paco Gutiérrez y los otros zánganos del barrio, y tenerme acá todo el santo día con el tristemente célebre cadáver-.
-Sí claro, ¿cómo no?, ya loco de atar, apúrate no más, sino acá va a arder Troya.
-¿Arder qué?
-Troya, hueón. Apúrate.
Y partió tan presto y campante, con sus piernitas de alicate como vaquero recién bajado del caballo, yo no sé como este hueón tiene la valentía de andar con short si tiene esos hilitos; esa caminai’ta de cowboy ya se la quisiera Clint Eastwood en “El bueno, el malo y el feo”, dice mi tío Latero cada vez que lo ve por ahí. Mientras, yo me deshice de toda la vulgar concurrencia, lo que me costó un tremendo esfuerzo, porque la ña Celinda ejercía una especie de fascinación idiotizante entre las personas, y más aún con esto de su “hipotermia”.
El “Doctor Pollo”, otro personajillo digno de ser nombrado. Es una de esas personas que parecen escaparse de alguna novelilla o película de a principios del siglo pasado. Para continuar con la tradición de mi familia para la puesta de sobre nombres a los vecinos, mis tíos Manco y Ovistra le asignaron este apodo porque “el pobre Pollito - según mi abuela - penaba y moría por entrar en la universidad para estudiar medicina, cuando llevaba tres años en la carrera, para su infortunio – continuó mi abuela en ese tono solemne cuando está a punto de llegar a la tragedia- su hermano Julito, que en paz descanse ese pobre niño, se le ocurre pegarse un tiro con su arma de servicio. De ahí en adelante este pobre chiquillo Pollito anduvo medio aguándosele la sesera, si hasta se anduvo marigüaneando oye”, en conclusión y haciendo gala de su inventiva, mis tíos decidieron llamarlo el “Doctor Pollo”. Aún tengo vivo el recuerdo de cuando el doc se subía a las micros para ofrecer la toma de presión y temperatura al chofer, a los pasajeros con todo un show que te hacía pensar que el asunto era en broma, hasta cuando se ponía a cobrar y ahí había que pagarle no más porque hacía unos escándalos de “Dios padre, señor mío” que era mejor pagarle para seguir el trayecto en micro. Eso ocurría en aquellos momentos cuando llegaba a su cabeza el delirio o andaba medio angustiao’. El Doctor Pollo gozaba una suerte de respeto entre los vecinos, claro eso por la ignorancia reinante dentro del barrio, para nosotros en casa era un loco más dentro del abultado catálogo comunal.
Ya, pero estábamos hablando de la gran gurú del cahuin local. Ahí yacía ella, tiesa efectivamente, y para colmo de su mala fortuna perdiéndose el cahuín más formidable que en años se suscitaba en el barrio. Mientras esperaba al doc Pollo me sorprendía de lo inverosímil de la situación: la repentina falta de mantequilla, el deseo de la gente de comprar solo mantequilla y la muerte de ña Celinda, era todo por llamarlo de alguna forma muy extraño, todo era demasiado inesperado, hasta me atreví a pensar en una suspicaz hipótesis con respecto a lo coincidente de los tres acontecimientos, pero mi misión en esos momentos era cuidar a la viejuja como hueso santo y no ponerme a elucubrar ideas vagas influenciadas por mis neuronas en ayuna. A ratos era interrumpida por algún parroquiano que venía por la misma pregunta que me trajo a mí, solo me limitaba a responder que la ña estaba en cama aquejada por una fuerte jaqueca, seguro que me iba a dar el lujo de contarles la verdad a alguno de estos locos para después tener la tremenda pelotera hinchando por entrar.
El aburrimiento de estar en esa casa, ahora convertida en mausoleo, me llevó a mirar las fotos que tenían colgadas en la pared, esas típicas fotos a blanco y negro retocadas con algo de color como si las hubieran sacado de la antiquísima revista Ecrán: la del matrimonio (si hasta artista de cine parecía la ña en sus años mozos), el bautizo del primer y único hijo (la típica foto con la guagua regordeta con vestido de angelito donde no sabes que sexo tiene el crío), ese mismo crío que después de crecido se volvió chiflado con el asunto del kárate, y bueno la infaltable foto fetiche que recorrió todo el barrio cuando salió un reportaje en uno de los diarios señalando al amigo chileno de la estrella hollybudense; ahora sí a todo color en un sitial especial la famosa foto donde sale Manolito junto a Chuck Norris cuando participó en un campeonato de kárate en España, que por supuesto no figuró ni en lista de eliminados, pero ahí estaba la foto junta a las otras para el anecdotario y chiche familiar del matrimonio Gutiérrez Gutiérrez.
De repente un dejo de humanidad llegó a mi persona al ver a la señora Celinda tirada en el suelo de su casa, como cualquier objeto sin importancia. Que extraño no hay muerto malo, ni feo, ni defectuoso, al menos eso canta el refrán popular y el peso de su sabiduría había echo mella en mi clásica indiferencia para con los vecinos. Ahora en medio de su singular muerte el cuerpo de la ña se había ganado mi respeto, ese que nunca pudo ganarse su persona en vida porque nunca aprobé su autoimpuesta labor de comunicadora oficial de lo que acontecía en el barrio, es que sencillamente los cahuines no van conmigo, solo salgo en su búsqueda y recolección a pedido de mi abuela y a ella si que no puedo salirle con un no. Fui a la habitación matrimonial y saqué de la cómoda una sábana con la que cubrí el cadáver mientras esperaba a ese loco de atar que llegara con la fuerza pública y repasaba mentalmente mi discurso para los pacos. No es que me sienta culpable o que yo tenga algo que ver en el asunto este, tan solo me tocó la mala suerte de llegar en medio de este embrollo y alguien más o menos cuerdo se tenía que hacer cargo del tremendo tete, porque del marido de la ña ni hablar, lo más probable que cuando llegue el doc Pollo con Gutiérrez estén los dos tan cocidos como tagua que ni se puedan los patas, y vociferando por el hocico cuanta pelotudez.
Sólo me acordé que había salido sin desayuno cuando la pobre tripa me volvió a sonar junto a un retorcijón de estómago muy fuerte. Pensé en ir a la cocina, pero me detuvo mi falta de confianza en esa casa, pero el hambre era demasiada así que descubrí el cuerpo de ña Celinda y le dije frente a frente:
-Usted es la dueña de casa, ¿me daría permisito para ir a la cocina y prepararme un pancito con algo?- yo no sé cómo diablos le hablo a una muerta, pero ya dije que en esas extrañas circunstancias la iñora se había ganado mi respeto y para bien o para mal estaba en casa ajena y a alguien había que pedirle permiso. Asumí la mueca de su cadavérica boca como un sí, tapé la cara y me dirigí rauda al refri.
Resulta que mi hipótesis no era tan descabellada después de todo, el refrigerador completo de mantequilla, la despensa con frascos llenos de agua y dentro de ellos la mantequilla, el horno la misma cosa, y toda la mantequilla en pútrido estado. Mi abuela me hubiera pagado un dineral por estar en mi lugar ahora. Todos los rincones habidos y por haber en la cocina de ña Celinda estaban repletos de mantequilla. Vieja de mierda, solo una mente desquiciada podría fraguar semejante estupidez, con razón no había mantequilla en ningún almacén, quizás cuánto tiempo le llevó juntar esa cantidad. Por si acaso revisé los muebles de la casa y para ninguna sorpresa mía, era el mismo escenario. Vieja de mierda, era lo único que me repetía, la digna señora de hace unos minutos atrás, volvió a ser la misma arpía alcahueta de siempre. ¡Qué hambre ni que ocho cuartos!, al ver semejante aglomeración de mantequilla por todos lados lo que menos tenía eran deseos de comer. Ahí recién vine a relacionar el extraño olorcillo que salía de no sé dónde, claro era la mantequilla en descomposición. Si la muy vieja idiota tenía el refri desenchufado y el resto de la mantequilla se hallaba en toda la casa guardada en condiciones insalubres, parece que su macabro experimento era hacer paté de mantequilla. Bruja de mierda, era lo que me repetía una y otra vez, y más encima este Pollo que no llegaba nunca con los pacos y yo tenía puras ganas de huir de ahí y salir corriendo a la casa para contarle todo a mi abuela y mis tíos, porque este cahuin si que era digno de contarse, ¡zas! hasta que me contagié con el mal poblacional que tanto he criticado.
Todo el asunto no resistía análisis lógico posible. Lo único cierto era que como siempre llegué a casa mucho después que mi abuela se había enterado del cahuin con la consiguiente reprimenda al otro día por “tonta lesa”, que por enésima vez me quedé sin comer por atender las necesidades alcahuetas de mi abuela y buscando mi montain-camello por casi todas las casas porque a los cabros les gustaba hacerme pensar que alguien se la había robado, idiotas ni yo misma me robaría mi bicicleta, es demasiado extravagante. El asunto es que después de mucho rogar para que me devolvieran mi montain-camello, recién pude volver a casa, entré sigilosamente a través de la pandereta y así evitarme un interrogatorio más, seguro estaban todos esperándome en el living.
Me acosté con el peso de una sentencia sobre mi cuerpo, no podía sacarme de la cabeza las imágenes que había visto dentro del refrigerador, la despensa y los muebles de la ña Celinda, por más que cerraba los ojos y los apretaba los frascos con agua y mantequilla venían a mi recuerdo sin ser llamados junto a la inevitable nausea, y cada intento por pensar en otra cosa era saboteado por la mueca cadavérica de su boca. Esa misma boca que no sabía lo que era guardar silencio, esa boquita acompañada de un discreto bigotillo que parecía moverse al mismo ritmo desenfrenado de su lengua (la lengua más rápida del medio oeste, sin duda). La mismísima boca que por más de 40 años en la pobla hizo y deshizo como si la vida fuera solo pelambre, esa misma boca que en su último suspiro trató de pedir auxilio y quedó allí abierta para perturbar mi sueño y el trabajo de los médicos que no encontraron la forma de cerrarla. Parece que el hambre y el cansancio hicieron quimera en mí. Tuve la recurrente pesadilla durante toda la noche: verla devorar toda esa cantidad de mantequilla como si fuera una embarazada con antojo. Esa noche definitivamente no pude descansar. Bruja de mierda hasta en las pesadillas con el hocico abierto.
El funeral de la ña fue multitudinario, solo faltaba que viniera el alcalde, creo que lo invitaron pero se excusó con otros compromisos de mayor jerarquía, seguro que el edil de turno se iba a prestar para asistir a semejante espectáculo. No podría decir qué había más: gente, lloriqueo o coronas, si hasta una banda de mariachis contrataron porque la iñora era fanática de la tontera cuate, y había que despedirla como Dios manda -como si Dios estuviera pendiente de nosotros los pobres-. Había que despedirla como Dios manda, entre sus cercanos y queridos, al menos eso decía su cuñada la ña Rosa, en vista que su desagradecido y karateca retoño no llamó ni por teléfono al padre para darle las condolencias -debió estar muy ocupado entrenado o sacándose fotos con otros famosillos- era evidente la ruptura familiar, pero eso no es algo que me preocupe. Lo que sí me preocupaba y mucho era la insistencia de mi abuela para que asistiera, a mi abuela solo le importaba pasearse del brazo conmigo en el funeral para que las personas se acercaran a preguntarle morbosos detalles y yo estar repitiendo como loro de circo toda la tontera –en realidad este funeral era casi un espectáculo circense-. Puchas mi abuela sabe que nunca me han gustado los funerales, no tanto por el funeral en sí, sino por el gentío –y este funeral tenía tanta gente como extras en una película- y el pelambre y cuchicheo bullendo por todos lados era algo que mi nivel de tolerancia no resistía. No quería ir y menos con vestido, pero como siempre hice caso a mi abuela todo con tal de evitarme un cacareo de mayor cuantía.
A la semana siguiente, era de manejo público la causal del deceso: “Intoxicación por excesiva ingesta de mantequilla en mal estado”. Y a Gutiérrez no le entraba ni una bala, seguía chupando donde “El Chitín” como si nada hubiera pasado, a no ser que quisiera literalmente ahogarse entre sus penas y el pipeño. Lo extraño era que el paco Gutiérrez no se intoxicara también, en eso mi abuela con sus sentencias desagradables pero que no dejan de tener razón, profirió con su habitual solemnidad: “¡que se iba a intoxicar el viejo ese, si pasa caído al frasco, ni hambre le debe dar al hombre!” Y era cierto, a medida que pasaban los años junto a las copas por su hígado, Gutiérrez estaba cada vez más enjuto.
El vacío que dejó ña Celinda en la población no se hizo esperar, la tranquilidad de los vecinos y la falta de novedades que comentar eran la tónica de nuestra población otrora tan bulliciosa. De hecho la iñora muy a mi pesar se convirtió en leyenda, instaurando un antes y un después en el barrio, cada comentario de un acontecimiento iba acompañado al final con un “antes de la fina’ Celinda o después de la fina’ Celinda”. Hasta el paco Gutiérrez usaba estas frases para darle un toque ceremonial a sus historias, las que cada día se iban trastocando aún más en relación a la temporalidad, no se sabía a ciencia cierta si lo que contaba había ocurrido hace años o hace poco, luego de terminar sus cuentos alzaba el vaso de vidrio y decía “salud por mi Celindita, que Diosito la tenga en su santo reino”, bueno el daba la pauta y todos alzábamos el vaso porque por algo hay que brindar; era un gran narrador el paco Gutiérrez, al menos yo me entretenía escuchando sus anécdotas entre cada copete mal oliente de esa sala escondida que hacía las veces de cantina. Un gran narrador el paco Gutiérrez que amenizaba mis mañanas decadentes donde la juerga de la noche anterior había hecho estragos en mi memoria, mis huesos y mi pulmón sangrante.
Por otro lado, eran varias la viejujas que se disputaban el cetro que dejó nuestra gran gurú, entre ellas la Vieja Matiné y mi abuela, hecho que causaba la absoluta vergüenza y desaprobación familiar, todos coincidían al unísono “pero gatito, ¿cómo se le ocurre?”. Para serles sincera ninguna de ellas le hacía el peso, es que la doña tenía carisma, era la única con la cara de palo suficiente para llegar con su histrionismo al lugar de los hechos; a veces con una sonrisa, otras con llanto, otras con un cartel, otras con un tarro para la colecta del muertito de turno, otras con un rosario, otras con una canasta familiar, otras con una corona, otras con los pacos cuando había show. En fin, era la mujer de las mil caras y todos embobados caían seducidos por esta especie de santa. La credulidad propia del inocente sin mala intención, ese era el perfil de los habitantes de la pobla. Porque si hay algo que es bien cierto, es que en mi barrio hasta los cumas que han estado en la cana por turbias circunstancias son buena gente, si se tienen que echar a tal o cual perico se lo echan sin mediar grandes maquinaciones, es toda gente de simpleza supina la que vive en mi pobla, por llamarlo de alguna manera. Además de los cumas no puedo decir nada, en especial yo, porque siempre el “Negro Iván” me ha defendido a quiscaso limpio de los tunantes que vienen a buscarme de otras poblas cuando me he mandado algún cagazo por ahí.
Lo único cierto que puedo afirmar y concluir después de todo este embrollo es que pasarán una buena cantidad de años antes que yo vuelva a probar mantequilla en especial al desayuno. Esto porque quedó marcado con una grieta en mi cerebro la mortal mezcla entre cahuin, mantequilla y la mueca de la ña Celinda, debo reconocer que esta última es la que más miedo y desagrado me causa. ¡Salud por la iñora!